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Ansiedad, excitación y deseo

  • Foto del escritor: Claudia Carvalho
    Claudia Carvalho
  • 22 ene
  • 2 Min. de lectura

La ansiedad también excita el cuerpo: acelera, moviliza, lo coloca en estado de alerta. El problema es que esta activación no está al servicio del sentir, sino de la supervivencia. Cuando ese estado se confunde con deseo, el sexo deja de ser un encuentro y pasa a funcionar como una descarga.

Es un sexo que necesita ocurrir rápido: antes de que el cuerpo se enfríe, antes de que aparezca el miedo, antes de que la tensión se vuelva demasiado grande. Hay impulso, hay excitación, pero no hay sostén. El cuerpo responde, pero no se entrega. Y lo que se busca ahí no es placer, es alivio.

Solo que el alivio no sostiene el placer. Interrumpe el malestar durante algunos instantes, pero no construye intimidad ni presencia. Por eso, después del sexo, lo que muchas personas relatan no es satisfacción, sino vacío, desconexión y, a veces, incluso arrepentimiento. No porque el sexo haya sido erróneo, inadecuado o mal hecho, sino porque no partió del deseo.

El placer exige algo que la ansiedad no tolera: desaceleración. Exige presencia, contacto con el propio cuerpo y disponibilidad para sentir sin la urgencia de apagar la incomodidad. Cuando la ansiedad organiza la tensión, el placer no encuentra espacio para existir. El encuentro sucede, pero no se sostiene.

Esto no habla de falta de libido. Habla de un cuerpo que aprendió a funcionar en alerta constante.

Texto (Lorena M.)


Tres preguntas para reflexionar

¿Desde dónde suele surgir mi excitación: del deseo o de la necesidad de aliviar una tensión interna?

¿Qué ocurre en mi cuerpo cuando desacelero y dejo de buscar resultados rápidos?

¿Cómo cambia mi experiencia sexual cuando priorizo presencia y contacto en lugar de urgencia?

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