
Shallowing: el placer está más cerca de lo que imaginas
Durante mucho tiempo, hemos asociado el placer femenino con la profundidad de la penetración. Pero ¿y si el secreto no estuviera en llegar más lejos, sino en prestar atención a lo que sucede en la entrada?
El shallowing es una práctica sexual que consiste en estimular suavemente la entrada vaginal mediante movimientos superficiales, explorando las sensaciones sin necesidad de una penetración profunda.
¿Por qué es interesante? Porque la entrada vaginal y el vestíbulo cuentan con una sensibilidad especialmente relevante para el placer, y el clítoris, con su compleja anatomía interna y externa, desempeña un papel fundamental en la respuesta sexual femenina.
El placer no depende de cuánto se penetra, sino de cómo se estimula, de la sensibilidad individual y de la capacidad de escuchar el propio cuerpo.
Quizá no necesitemos llegar más profundo para sentir más. Quizá necesitemos aprender a sentir de otra manera.
Porque comprender el placer es importante, pero aprender a sentirlo es otra historia. El cuerpo no siempre necesita más profundidad; a veces necesita más atención, más presencia y alguien dispuesto a descubrirlo sin prisas.
Si miran, devoran.
Si tocan, los poros se abren.
Respira. La voz roza el oído. La barba acaricia el cuello.
Cara a cara. Se besan, entrelazan las lenguas, se muerden suavemente, vuelven a besarse.
Toques ligeros, firmes. Manos que recorren y recogen cada rincón del cuerpo.
Sube, entra, baja, levanta. La cama, la cocina, el suelo, la pared.
Roza, besa, toca. Más besos.
Roza su miembro viril sobre su monte de Venus. Juega con él sobre su jardín mojado, ese lugar al que yo llamo manantial.
Ella abre las piernas. Él le quita las bragas y acerca su fuerza masculina a la entrada de la vagina. Entra, sale despacio, vuelve a entrar. Dibuja movimientos circulares. Se detiene. La mira. La desea.
Y así, con su virilidad y sin necesidad de una penetración profunda, despierta el placer femenino.
Cuando ella está completamente excitada y se entrega al momento, él escucha su cuerpo, percibe sus respuestas y la penetra por completo, piel con piel.
Y, justo en el instante de eyacular, la besa y la roza con la intensidad de un animal salvaje.
Por Claudia Carvalho



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